Contra viento y marea

Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
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Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea
Contra viento y marea

 

 

 

 

Hemos vivido en una isla, 
pero no como quisimos, 
mas como pudimos.
(Virgilio Piñera)

 

 

¿Cuánto resiste la espuma asomada sobre el borde del agua? Y dígase espuma de la estela que dibuja la memoria: ese forcejeo (bur-bu-jeo) del ser por imprimirse, por seguir siendo en lo que será más. Hay bienes que duran cien años y cuerpos que lo resisten. De esa huella apresada entre almas y armarios habla Carmen Rivero. Paredes y pieles/ atuendos y asfalto/ estatuas y retinas/ comisuras y altares/ corrales y tarimas/ ofrendas, paisajes, osarios… todo exhibe la sombra de los días, incluso a pleno sol. Arrugas-desconchados-sangre-polvo/ zurcidos-cuarteaduras-mugre/ tinta-humedades-falso techo/ máscaras-medias sonrisas-óxido/ goteras-miedo-maleza-flores ¿plásticas/ pintadas?… echando raíz por doquier, emulando la terquedad de esas marcas de agua que impregnan el vaserío espiritual.
 
Con un periscopio Carmen se adentra en su país (en busca, si es posible, del tuétano; de paladear su bilis sin melindres melifluos). La asiste, sí, la lentitud del reptil: vadeando/ arrastrando la nata verdosa de las superficies para mirar adentro/ esmerilando pátinas, para que no falseen la forma de su pres(e)a. Mas siempre el recuerdo dibuja un viso de telaraña en la luna menguante del espejo/ la memoria rehíla (bajo la sábana que guarda cachivaches/rostros/muebles) y metamorfosea (a)trayendo fantasmas/ pariendo esperpentos en lo oscuro, como en un cuarto de revelado.
 
No es tarea fácil espantar la tristeza cuando se mira atrás/ cuando se atisba por el agujero abierto en el cielo protector (carpa combada/ telón teatral o traje sastre hecho jirones). Por mucho que se descame la imagen, una nostálgica aleta corta a ratos la mejilla: reconectando el hoy con el ayer/ levantando capas de pintura/ reparando en las orlas del empapelado (cual signos de un mensaje que deberíamos saber leer).
 
Importa el día-tras-día. Duele la jornada común. Esa cotidianidad endurecida en los rostros que hacen frente a viento y marea; no precisamente pescadores o piratas, habitantes y basta. Nacidos en el descampado como raíces aéreas (¿o eran nidales de pterodáctilo?). Huyendo del resol. Enfrentando a rachas el temporal (con su ojo en torniquete, entremetido), en sordina… como esos ramilletes amarillos que prosperan en el interregno de provincia y provincia. El mar enorme rodeando a los bañistas/ ahogando el dienteperro… es solo una nota vibratoria del concierto. El paisaje con Carmen Rivero es casi silente.
 
Ni palma que-la-parta-un-rayo, ni muñones de ceiba; atrás, cañaveral. Ni blasones a la intemperie ni caserones venidos a menos/ viniéndose abajo; ángulos apenas de habitaciones sin rastro. Fiesta innombrable tampoco. Cochinos sí, pero no en púa, aún lechosos. Persignaciones que se cruzan en el aire. Gestos mancos (cuanto más desesperados menos audibles) sor-prendidos/ im-presos en bronce/ piedra/ yeso o antiguo papel fotográfico. Como si hablando insomnes con los dioses, interrumpida la conversación en un recodo, llegaran aquí solo sus hilachas, en un río de ensordecido rumor.
 
Jamila Medina Ríos.